VALORES Y DISVALORES…

Los valores y las necesidades humanas.
Siguiendo la clasificación de Maslow, las necesidades primarias tanto en orden de aparición como en fuerza y rudeza, son las fisiológicas. En cuanto el alimento y vestido las satisfacen, surgen las necesidades de seguridad: la injusticia, el temor a verse relegado de un alto puesto en el afecto de los demás es el caso de la llegada del primer hermano, o de la presencia de un “consentido” o “del preferido” derrumba la posibilidad de satisfacción de este tipo de necesidades y ocasiona un retroceso que se manifiesta en la búsqueda de satisfactores fisiológicos.
Los valores físicos y económicos, esto es, la salud, el ambiente higiénico, el bienestar físico y los satisfactores primarios, un mínimo de confort producto de una prudente administración, satisfacen estas dos necesidades básicas motivadoras del comportamiento humano.
En la tercera infancia, las necesidades sociales se manifiestan con gran fuerza. El núcleo familiar ya no es suficiente: hay que formar nuevos grupos, sentirse miembro de una pandilla, de un equipo. En cambio en la adolescencia, las necesidades del yo -las de la propia estima y las de !a propia reputación cobran el primer plano. Ser digno ante los propios ojos y ser alguien ante los demás, es una necesidad apremiante del hombre.
Los valores sociales y afectivos cubren estos renglones: la fama, el prestigio, el poder, el amor, el afecto, las manifestaciones de cariño y de ternura, el descubrimiento de las emociones, el encauce de los sentimientos, es esencial para proporcionar satisfactores oportunos.
Pero es en la juventud y en la madurez donde las necesidades de autorrealización entendidas como perfeccionamiento personal, ya en potencia desde la niñez se hacen apremiantes. El imperativo de encontrar sentido a la vida, la urgencia de trascendernos en una obra creativa, el llamado hacia la lucha por un ideal definido, el amor a la Verdad, la belleza, la Bondad, en suma, sólo pueden ser satisfechos por los valores más altos de la cultura: la ciencia, el arte, la moral y la religión. (Pliego Ballesteros, 2006).

Cuidado con los disvalores.

¡Ah, no es fácil! En el camino nos encontramos con bienes parciales que atraen por lo que tienen de bien, pero defraudan por lo que tienen de parcial y efímero. Actúan como distractores del camino recto, nos tientan con su colorido falso
Disvalores económicos. Si se va tras ellos como el único valor de la vida, se cae en la esclavitud del afán de lucro, que llega a la avaricia y no se detiene uno a considerar si los medios utilizados para enriquecerse son lícitos o no lo son.
Disvalores físicos. Por un lado las ideas obsesivas por el cuidado de la salud pueden parar en enfermedad: la hipocondría. Por otra parte, ha habido atletas olímpicos cargados de medallas, que se suicidan cuando el cuerpo ya no les responde.
Disvalores sociales. El prestigio, la “imagen” y el poder, por sí mismos son efímeros. También hay una triste colección de suicidas entre los dictadores, artistas del celuloide o líderes que fueron famosos y después cayeron en el olvido.
Disvalores afectivos. Los enamoramientos platónicos o eróticos que no llegan a feliz término, por la traición de alguna de las partes, desencadenan la violencia, el crimen, el suicidio, o el duelo que une las dos agravantes: homicidio y suicidio-, aún en nuestros días tan poco románticos.
Disvalores intelectuales. La ciencia que no acepta normas éticas puede conducirnos a la soberbia intelectual y a la muerte, al holocausto de toda la humanidad.
Disvalores estéticos. “El arte por el arte”, desvinculado de los demás valores, conduce al solipsismo, al vacío, a la nada.
Disvalores morales. Una sola virtud, que niegue su nexo con las demás, ya no sería virtud porque puede llevar al perfeccionismo, a la imposición, a la soberbia.
Disvalores religiosos. El fanatismo que se polariza hasta tratar de imponer el propio credo por la fuerza, sin respetar la libertad de quienes por temor, pueden caer en el perjurio, cuenta en la historia con “guerras de religión” de lo más crueles y sangrientas.
Las estrellas y la persona humana.

En los valores, el respeto
Junto con la hospitalidad y la convivencia, es indispensable el respeto a cada persona humana, a otros pueblos, a sus culturas, tradiciones y religiones, a todos y cada uno de los seres. Por más puntos en común que se descubran y por muy profunda que sea la convivencia, siempre hay aristas, perspectivas y dimensiones del otro que, o bien no comprendemos, o bien nos resultan difíciles de aceptar, o simplemente nos producen extrañeza y nos desagradan.
Es en ese momento cuando tanto el respeto a la diferencia como la tolerancia deben imperar como actitudes imprescindibles para poder estar juntos en la misma Casa Común.
En primer lugar, la búsqueda de un sentido de vida y de una verdad existencial, la relación con el militar romano. Y las religiones están al servicio de esa búsqueda, la cual, por eso mismo, ha de ser siempre respetada, pues prevalece sobre cualquier religión, prejuicio o tabú.
En segundo lugar, las religiones existentes, con sus doctrinas y sus restricciones, constituyen otros tantos esfuerzos de traducción del encuentro con Dios y con la verdad existencial. Como tales, son creaciones culturales, sujetas a los cambios históricos.
En tercer lugar, la religiosidad.
En cuarto lugar, el Espíritu no puede ser monopolizado por nadie, por ninguna religión o iglesia, porque se muestra siempre libre frente a la organización religiosa, las doctrinas, los ritos y las prohibiciones. Se da a todos sin discriminación de ningún tipo, con tal de que estén abiertos y en auténtica búsqueda. El Espíritu entra siempre allí donde se le permite entrar.
En quinto lugar, existe la religión del Espíritu Sus adoradores se encuentran en cualquier lugar, en cualquier religión y en cualquier templo.
Esta forma de ver las cosas invita al respeto, porque todos y cada uno de los caminos «en espíritu y en verdad» son caminos que conducen al corazón de Dios. De ahí que posean un valor intrínseco y merezcan ser reconocidos, respetados y valorados positivamente.
¿Qué es el respeto?
Ante todo, el respeto supone reconocer al otro en su alteridad y percibir su valor intrínseco

a) El reconocimiento del otro
La actitud de reconocer al otro como otro representa un enorme desafío para cada persona y para todas y cada una de las sociedades. El otro, como veíamos en el primer volumen sobre la hospitalidad, no puede ser reducido al otro humano. Nos referimos a todo otro, a cualquier otro, al no yo, que se presenta ante mí.
El primer otro y el más inmediato, pues nos hallamos inmerso s en él, es el mundo que nos rodea, la naturaleza. A lo largo de la historia se han dado muchos tipos de relación con la naturaleza, unos más respetuosos y cooperadores, otros más agresivos y utilitaristas. Lo cierto es que, desde que apareció el horno habilis que ideó el uso de instrumentos, hace cerca de dos mil trescientos años, empezó también la intervención del ser humano sobre la naturaleza, con el uso de la fuerza y la agresión contra la misma. Con ello irrumpió el riesgo de la falta de respeto y la ne-gación de la alteridad de la naturaleza. Incluso se empezó a entenderla y a manejarla únicamente en función de la propia utilidad, sin consideración alguna por el valor que posee con independencia de su utilización o no utilización por parte del hombre.
El antropocentrismo pretende hacemos creer que todos los seres tienen sentido en la medida en que se ordenan al ser humano, el cual puede disponer de ellos a su antojo. A ello debemos contraponer el hecho de que la inmensa mayoría de los seres vivos han existido antes de la aparición del ser humano, que entró en la escena de la evolución cuando la historia de la Tierra ya estaba concluida en un 99,98%. La naturaleza, por tanto, no tuvo necesidad del hombre para organizar su inmensa complejidad y biodiversidad. Lo correcto sería, pues, que el ser humano se entendiera a sí mismo en comunión con la comunidad de vida anterior a él, como un eslabón dentro de la inmensa cadena de la vida; un eslabón singular, eso sí, por ético y responsable.
El respeto implica reconocer que los otros son más viejos que nosotros y que, con mayor razón, merecen existir y coexistir junto con nosotros. Al respetarlos, ponemos límites a nuestro autocentramiento y a nuestra prepotencia. Unos límites que, lamentablemente, casi nunca han sido respetados a lo largo de la historia.
Después de la naturaleza, el otro más próximo es el prójimo, el ser humano, portador de conciencia y de dignidad y un fin en sí mismo. Ante él debemos detenemos con reverencial respeto, porque cada uno es único en el mundo, condensación de la evolución y, a la vez, revelación de Dios. Ningún fin o propósito cultural o religioso es superior en dignidad al ser humano, el cual jamás debería ser usado y degradado a la condición de simple medio: ni medio de producción, ni medio para la guerra, ni medio para la experimentación científica. Con el ser humano culmina el proceso de evolución hasta hoy conocido. A partir de ahora, la evolución sólo será posible con la interacción e intervención del ser humano libre y creador.
b) Respeto incondicional a la conciencia
Hay, sin embargo, un próximo que es el más Íntimo de todos: la conciencia personal. Aquí estamos tocando el punto más sagrado de toda persona. Ante la conciencia es obligado un respeto incondicional.
¿Qué es la conciencia? Es esa voz interior que siempre nos acompaña, que nunca se calla, que nos indica el bien y nos desaconseja el mal, que bendice el bien que hayamos hecho y nos hace sentir remordimiento por el mal que hayamos realizado. La figura bíblica de Caín representa el al que hay en cada uno de nosotros y que trata de huir, aunque nadie lo persiga, porque pretende librarse del peso de la mala conciencia. Pero ésta continúa estando ahí, porque para ella no hay refugios, escondrijos ni secretos. Ella lo saca todo a la luz, y ésta nos alegra o nos obliga a tapamos los ojos.
La existencia de la conciencia nos pone frente a una misteriosa instancia que, aun siendo interior a nosotros, se muestra por encima de nosotros. No podemos manipularle ni hacerle callar. Simplemente, está ahí. Podemos obedecerla, pero no destruirla. Cada persona sabe, en lo más Íntimo de su corazón, el bien y el mal que hace o deja de hacer.

Ese respeto es igualmente exigible cuando la conciencia define libremente su relación con Dios y con las cosas sagradas. Con ello proyecta un sentido personal y último a su breve paso por este mundo. Es el respeto a la libertad religiosa. Actualmente, no son pocos los que padecen discriminaciones y persecuciones por causa de su conciencia.
c) Respeto y laicidad del Estado
Actualmente, y a causa de la inviolabilidad de la conciencia religiosa, se exige la laicidad del Estado, especialmente en el mundo globalizado. Ha habido épocas en que el Estado ha asumido como oficial una determinada confesión religiosa (catolicismo, islamismo, anglicanismo u otros credos), lo cual hacía que los pertenecientes a otras religiones o tradiciones espirituales sufrieran una cierta coacción pública. Pero con el advenimiento de la democracia ha prevalecido en casi todos los países el carácter laico del Estado. Lo cual significa que el Estado deja de ser confesional, sin imponer ninguna religión corno la religión oficial, sino manteniéndose imparcial con relación a cada una de ellas. Tal imparcialidad no significa, sin embargo, desconocer el posible valor espiritual y ético de una confesión religiosa, siempre benéfica para el conjunto de la sociedad. Pero el Estado, en razón del respeto a la conciencia de los ciudadanos, no privilegia ni opta por ninguna de ellas. El Estado es el garante del pluralismo religioso y del respeto a las minorías.
Debido a tal imparcialidad, no le está permitido al Estado, en cuestiones éticas controvertidas, imponer comportamientos derivados de los dictámenes o dogmas de una religión determinada, aun cuando ésta sea mayoritaria. Y lo mismo puede decirse de los funcionarios del Estado que profesan algún credo religioso. Al entrar en el campo político y asumir cargos en el aparato del Estado, no se les pide que abdiquen de sus convicciones religiosas, sino que argumenten y muestren sus razones en franco diálogo con los otros. Lo único que se les exige es que no pretendan imponer su punto de vista a los demás ni traducir en leyes universales sus puntos de vista particulares. La laicidad obliga a todos a ejercer la razón comunicativa, superar los dogmatismos en aras de una convivencia pacífica, encontrar puntos de convergencia comunes y, en caso de conflicto, estar abiertos a la negociación y al acuerdo.
El respeto al ser humano y a cualquier otro ser fundamenta una ética mínima que debe ser asumida por todos. De lo contrario, no habrá modo de hacer que conviva en paz ciudadanos tan distintos ni será posible hallar solución a los conflictos. La propia democracia no se reduce al triunfo de la mayoría, sino que supone también la integración adecuada de las minorías, en la proporción que, como tales minorías, les corresponde.
Esta ética mínima puede resumirse en el siguiente principio de la Carta de la Tierra: «Respetemos y cuidemos de la comunidad de vida con comprensión, compasión y amor». He ahí los valores básicos, la ética de mínimos que puede sustentar la convivencia humana dentro de la Casa Común que es el planeta Tierra.
Es función del Estado laico, por tanto, mantener el espacio abierto y el clima de libertad de expresión para todas las confesiones, interfiriendo únicamente cuando se infringen las leyes oficialmente establecidas.
Una sociedad que pretenda ser auténticamente democrática debe asumir la laicidad como dimensión constitutiva. Sólo mediante la laicidad se conjugan dos valores fundamentales: el respeto a la libertad de conciencia y la igualdad jurídica.
Pero conviene subrayar el sentido positivo de la laicidad de las sociedades modernas y de sus ciudadanos. Como decía Eugenio Scalfari, conocido intelectual italiano y director del importante diario La República, «los que profesan la laicidad no tienen, por definición, ni un papa ni un emperador ni un rey. Ni obispos ni “nobles”. Lo que tienen, como señores que son de sí mismos, es la conciencia. El sentido de la propia responsabilidad: los principios de la libertad, la igualdad y la fraternidad como puntos cardinales de orientación. No somos ni relativistas ni, mucho menos, indiferentes. Sufrimos con el débil, con el pobre, con el excluido… Hacemos nuestro el Sermón del Monte. Queremos la afirmación del bien contra los males, los numerosos males que embrutecen al individuo en su propia subsistencia elemental, impidiendo que emerja en él su propia conciencia, sus propios derechos y sus propios deberes» (Scalfari, 2004: 4).

d) El valor intrínseco de cada ser
El respeto supone reconocer que los demás seres, sean vivos o inertes, tienen su valor. Todo se vale por sí mismo, porque existe y, al existir, expresa algo del Ser y de aquella Fuente originaria de energía y de virtualidades de donde todos los seres provienen y adonde todos retornan (va-cío cuántico). En una perspectiva religiosa, cada ser expresa al propio Creador.
Todos los seres, y en especial los seres vivos, son portadores de esta excelencia, «con independencia de la utilización que de ellos hagan los humanos», como claramente lo expresa la Carta de la Tierra. Al percibir a los seres como valor, sentimos cómo brota en nosotros el sentimiento de solicitud y responsabilidad para con ellos, a fin de que puedan seguir siendo y evolucionando.
El respeto y la veneración, la solicitud y la responsabilidad están presentes, a pesar de las contradicciones, en todo el proceso de hominización. Las culturas más originarias atestiguan la veneración frente a la majestad del universo y el respeto por la naturaleza y por cada uno de sus representantes.
El budismo, que no se presenta como una fe, sino como una sabiduría, como un camino de vida en armonía con todas las cosas y con la llamada del Todo, enseña a tener un profundo respeto por cada ser, especialmente por el que sufre (compasión). Y para ello ha desarrollado un camino de integración con todos los elementos de la naturaleza (los vientos, las aguas, los suelos y los diversos espacios): el famoso feng-shui, que implica siempre el respeto y la acogida generosa.
El hinduismo, de modo semejante, vive esta dimensión del respeto y la no-violencia (ahimsa) como uno de los puntos básicos de su experiencia religiosa, que tuvo en Gandhi una de sus manifestaciones modernas más convincentes.
El cristianismo conoce la figura ejemplar de San Francisco de Asís (1181-1226), cuyo más antiguo biógrafo, Tomás de Celano (1229), refiere: Cuando daba con multitud de flores, predicables cual si estuvieran dotadas de inteligencia, y las invitaba a alabar al Señor. Finalmente, daba el dulce nombre de hermanas a todas las criaturas, de quienes, por modo maravilloso y de todos desconocido, adivinaba los secretos, como quien goza ya de la libertad y la gloria de los hijos de Dios.
Se trata de un modo distinto de habitar el mundo: en unión con las cosas, conviviendo con ellas, no sobre ellas ni dominándolas.
Arthur Schopenhauer (1788-1860) desarrolló todo un proyecto ético fundado en el respeto y la compasión por todos los seres del universo.

QUE ES LA TOLERANCIA.

¿Qué es la tolerancia?
Desde el punto de vista conceptual, hay dos tipos de tolerancia; una tolerancia pasiva y otra activa.
• La tolerancia pasiva representa la actitud de quien acepta la coexistencia con el otro, no porque lo desee, sino porque no consigue evitarlo. Su deseo sería marginarle y hasta excluirlo; pero no lo hace por diferentes razones: o bien porque el otro le resulta del todo indiferente, y no ve en él ningún valor; o bien porque se siente débil frente a él y evita la confrontación; o bien, finalmente, porque teme alguna reacción que puede perjudicarlo si manifiesta intolerancia.
Este tipo de intolerancia pasiva es producto de tres vicios: la indiferencia, la pusilanimidad y la comodidad.
Indiferencia: no ve en el otro nada que valga la pena o que pueda interesar. Esta actitud lo empobrece, porque si fuera capaz de aceptar y acoger la diferencia, podría aprender y crecer con ella. Esta actitud, por otra parte, disminuye al otro, que tiene la sensación de estar de sobra y ser incapaz de despertar en el otro ningún tipo de interés, respeto y amor. Sigmund Freud ya mostró cómo lo contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia, que mata «psicológicamente» al otro. Los diferentes se hacen indiferentes entre sí, y esta actitud puede generar resentimientos y amarguras, fuente a su vez de tensiones y venganzas.
Pusilanimidad: esta actitud nace del acobardamiento ante el otro, al que se considera superior o más fuerte. El pusilánime teme la relación, porque sospecha que tiene que someterse al otro, perder su libertad o depender de él. La autoestima y la conciencia de que el otro es un ser humano como él y, por lo tanto, un hermano y un posible aliado, le llevaría a establecer una relación de diálogo e intercambio.
Comodidad: toda relación implica cambios en el modo de ver y de comportarse. Implica siempre una ganancia y una posible pérdida. La persona comodona, satisfecha con su situación, evita el contacto con los otros diferentes, para proseguir con su rutina y no tener que pasar por procesos de adaptación y cambio. Con lo cual pierde la oportunidad de crecer y de conocerse mejor a sí mismo y a los demás, así como otras formas distintas de ser humanos.
La tolerancia activa, por su parte, es la actitud de quien convive positivamente con el otro porque lo respeta y acepta la multifacética riqueza de la realidad. El tolerante activo, por una parte, consigue ver dimensiones que jamás vería sin la presencia del diferente y, por otra, entrevé posibilidades de compartir y copartícipe con el otro y, de ese modo, enriquecerse mediante el contacto y el intercambio.

Hay un dato innegable, y es que en el universo, en el sistema-vida y en las personas individuales se dan siempre diferencias. Nadie es igual a nadie. Todo el mundo tiene alguna característica que lo diferencia. Por eso, según la «teoría de las cuerdas y las supercuerdas», existen los multiversos, los universos paralelos. Aun dentro del mismo universo, existen las diferentes galaxias, estrellas y planetas, formados por diferentes elementos físico-químicos (cerca de cien). Y por eso existen millones de formas de vida. En este punto, las diferencias muestran la riqueza de la misma y única humanidad.
Las diferencias de la naturaleza son irreductibles y, curiosamente, todas ellas coexisten y conviven incluso en medio de tensiones y contradicciones. Existe una tolerancia activa y creativa como dinamismo cósmico y vital, aun cuando se manifiesten mecanismos caóticos y unos seres se devoren a otros, dentro de la tolerancia universal, porque siempre se mantiene un equilibrio dinámico entre vida y muerte, orden y desorden. De lo contrario, todo se destruiría recíprocamente, y no existiría la sinergia, la interdependencia de todos para con todos, que garantiza un futuro común.
a) Niveles de realización de la tolerancia
Ante todo, la tolerancia es una exigencia ética. Representa un derecho que debe reconocérsele a toda persona. Un derecho que ha sido expresado en todas las tradiciones humanas, en las que existe un principio prácticamente universal: «No hagas al otro lo que no quieras que te hagan a ti». O, dicho en positivo: «Haz al otro lo que querrías que te hicieran a ti». Este precepto ético es de una clarísima evidencia existencial y no requiere fundamentación de ningún tipo.
En el fondo, el núcleo de verdad contenido en la tolerancia se resume en lo siguiente: toda persona tiene derecho a vivir y convivir en el planeta Tierra, porque toda persona es una expresión de la Tierra y tiene derecho a estar en ella con su diferencia específica.
Este derecho es anterior a cualquier expresión de la vida, como las cosmovisiones, las creencias, las ideologías, la estética o los simples gustos. Las sociedades deben organizarse de tal modo que todos gocen del derecho a ser incluidos y tener los medios necesarios para seguir existiendo sobre la Tierra.
En segundo lugar, la tolerancia está ligada a la propia naturaleza de la verdad. Podemos incluso conceder que existe una única verdad, la cual, sin embargo, se comunica de las más diferentes formas y bajo los más diferentes aspectos. No entra dentro de las posibilidades humanas percibir la verdad desde todos los ángulos posibles. Somos seres limitados tanto espacial como temporalmente, tanto en la inteligencia como en las palabras y otros medios de expresión. Estamos constantemente buscando nuevos ángulos y perspectivas desde donde percibir la verdad. De este modo, tenemos una mayor participación en la verdad, pero ésta no se deja captar en exclusiva por ningún lenguaje ni por grupo alguno de personas.
Las diferencias constituyen los caminos normales de revelación de las diversas dimensiones de la verdad. Por eso hemos de ser tolerantes con todos los diferentes. Sin ellos, somos menos y participamos menos de la verdad. Quien rechaza o rebaja o desconoce a propósito al otro, se empobrece y se priva de ciertas dimensiones de la verdad que podrían hacerla más libre y más rico.
En tercer lugar, la tolerancia es la virtud primordial de las sociedades pluralistas y democráticas. El pluralismo es un dato, es decir, está ahí como un hecho que se impone incluso en las sociedades rigoristas y fundamentalistas, en las cuales se verifican tendencias, de resulta de las cuales se forman grupos que se diferencian unos de otros y, de ese modo, quiebran la rigidez propia de todo fundamentalismo.
La democracia sólo funcionará si hay tolerancia con las diferencias partidistas, ideológicas o del tipo que sea, reconocidas todas ellas como tales. Y a la tolerancia debe acompañarle la voluntad decidida de buscar la convergencia a través del debate y la disposición al compromiso, que constituye la forma civilizada y pacífica de solventar conflictos y oposiciones.

Todas las proclamaciones de los derechos humanos parten del presupuesto de que antes que cualquier ulterior determinación y diferenciación -por razones de etnia, de sexo, de religión, de visión del mundo o incluso por otros motivos, como el hecho de ser un delincuente o un ciudadano honesto- está el reconocimiento de que todos somos igualmente humanos y debemos ser tratados humanamente. El delincuente nunca es sólo delincuente. Jamás deja de ser hombre o mujer, con todas las virtualidades inherentes a su vida. En nombre del hecho real de ser un fin en sí mismo y no susceptible de ser reducido a una única determinación, merece respeto y acogida.
Finalmente, la tolerancia representa una pedagogía universal, válida recíprocamente para todos los diferentes. Cada diferente ofrece buenas razones de su diferencia al otro, el cual, a su vez, también da buenas razones de su propia diferencia. Lo que une a ambos es la confianza en la razón, capaz de producir argumentos persuasivos. Persuadir al otro no equivale a derrotar1o, sino a hacerle ver dimensiones ocultas que no le resultaban visibles con anterioridad al diálogo y al encuentro. Y así recíprocamente. Las diferencias siguen siendo diferencias, pero las razones para aceptar1as y fecundarse mutuamente se han hecho más sólidas y, a la vez, transparentes.
b) Los límites de la tolerancia
Como cualquier otra cosa, también la tolerancia tiene unos límites. No todo vale en este mundo. Los profetas de ayer y los de hoy siempre han sacrificado sus vidas por haber alzado la voz y haber tenido el coraje de decir: «No te está permitido hacer esto o lo de más allá». Hay situaciones en las que la tolerancia significa complicidad y condescendencia con el delito, omisión culposa, comodidad o mera insensibilidad social y ética. Veamos algunos ejemplos:
No debemos ser tolerantes con quienes tienen en sus manos el poder de erradicar la vida humana del planeta, destruir una gran parte de la biosfera y hacer retroceder el sistema de la vida a fases superadas hace ya millones de años. En este caso, en lugar de la tolerancia, lo que se impone es un control severísimo y la aplicación de los acuerdos internacionales contra la producción de todo tipo de armas de destrucción masiva, cosa que, por otro lado, figura ya en los estatutos de la ONU.
No debemos ser tolerantes con quienes asesinan a seres inocentes, abusan sexualmente de los niños y trafican con órganos humanos. Aun observando el debido respeto por toda persona humana, hay que aplicar aquí con firmeza las leyes penales nacionales e internacionales.
No debemos ser tolerantes con quienes de manera fehaciente esclavizan a menores en orden a abaratar la producción en su propio beneficio. Para combatir este delito existen las leyes de los organismos mundiales de protección de la infancia y la adolescencia.
No debemos ser tolerantes con los actos terroristas y las acciones fundamentalistas de quienes, en nombre de un proyecto político o de una religión, ocasionan la muerte de millares de inocentes. En estos casos es preciso acudir a los tribunales específicos que juzgan los crímenes contra la humanidad.
No debemos ser tolerantes con quienes, en su afán de lucro, deterioran los medios de vida, causando la muerte de miles de personas. Pensamos, por ejemplo, en los laboratorios farmacéuticos que crean y falsifican medicamentos nocivos para la salud, o en los políticos que, en lugar de proteger el bien común, dilapidan los fondos públicos. Aquí, las penas previstas en las legislaciones de los diversos países constituyen los límites de la tolerancia.
No debemos ser tolerantes con las mafias dedicadas al tráfico de armas o de drogas y a la prostitución, que practican el secuestro, la tortura y la eliminación física de personas. Para estos crímenes están previstos duros castigos en todos los códigos nacionales e internacionales.

No debemos ser tolerantes con aquellas costumbres que, en nombre de una supuesta cultura, permiten cortar las manos a los ladrones y mutilar sexualmente a mujeres y niños. Contra todo ello han de hacerse valer los derechos humanos y la autoridad de los tribunales penales internacionales.
En todos esos niveles, y en otros muchos, no hay que ser tolerantes, sino decididamente firmes, rigurosos y severos. Lo cual es virtud de la justicia, no vicio de la intolerancia. Si no obramos así, no tendremos principios y seremos cómplices del mal.
La tolerancia sin límites acaba con la tolerancia, del mismo modo que la libertad sin límites conduce a la tiranía del más fuerte. Tanto la libertad como la tolerancia necesitan la protección de la ley; de lo contrario, asistiremos a la dictadura de una única visión del mundo que niega las demás. Y el resultado no es otro que la rabia y el deseo de venganza, fermento de cualquier tipo de intolerancia y de terrorismo.
¿Dónde están los límites de la tolerancia?
El primero es el sufrimiento del otro. Allí donde hay personas que son humilladas, discriminadas y deshumanizadas, allí encuentra un límite la tolerancia. Nadie tiene derecho a imponer a otro un sufrimiento injustificado. Pueden citarse aquí, a modo de ejemplo, las tradiciones que, por muy ancestrales que sean, ocasionan mutilaciones sexuales a las mujeres en determinadas naciones de África, o bien suponen un trato discriminatorio a las mujeres en algunas tradiciones de las culturas árabe y china.
Otro límite viene impuesto por la Carta de los Derechos Humanos de la ONU de 1948, firmada por todas las naciones. Todas las culturas y cualesquiera diferencias deben confrontarse con los preceptos y valores que contiene dicha Carta, referencia común para todos sin excepción. No pueden justificarse aquellas prácticas que implican la violación de la dignidad y la humillación sistemática de la persona humana. Los derechos humanos sólo tienen sentido si son realmente universales, porque proporcionan la base para una cultura común de la humanidad que se obliga a tratar humanamente a todos los humanos.
En tercer lugar, tenemos la Carta de la Tierra, que vela por la dignidad de la Madre Tierra y por los derechos de todos los ecosistemas, con sus respectivos representantes. Aprobado en 2000 por la UNESCO, este documento será agregado a la Carta de los Derechos Humanos. Entonces tendremos una visión más completa, no meramente antropocéntrica, de los derechos de cada ser y de la comunidad de vida. Cualquier agresión a la naturaleza -la liquidación sistemática de los bosques tropicales, la contaminación de la atmósfera, el envenenamiento y destrucción de la calidad de vida de las poblaciones humanas, etc.- será intolerable e incurrirá en las sanciones previstas.
Finalmente, hay que preguntarse: ¿podremos ser tolerantes con los intolerantes? La historia demuestra que combatir la intolerancia con más intolerancia conduce inevitablemente a una auténtica espiral de la intolerancia. Y de ahí no hay salida. La actitud pragmática ha mostrado que también en este punto hay límites. Si la intolerancia implica delito y perjuicio manifiesto a otros, entonces son absolutamente válidos los límites impuestos por la ley y el derecho. Nunca se debe sacrificar la libertad de todos por causa de unos pocos que desean verla eliminada.
Debido a los límites de la ley y del derecho a que acabamos de aludir, debemos ser tolerantes con los intolerantes. Y es que el intolerante también goza de la libertad de poder expresarse, cuyos límites provienen de la confrontación con la realidad de los muchos diferentes con quienes comparte el espacio vital. Dicha confrontación, si la toma en serio, habrá de llevarlo necesariamente al diálogo y le hará pensar sobre las contradicciones de su postura. También para el intolerante es válido el precepto universal citado anteriormente: «no hagas a los demás lo que no deseas que te hagan a ti».
Esta actitud de diálogo generalizada es una exigencia de la nueva fase de la humanidad planetizada, que debe por todos los medios hacer posible la convivencia pacífica y mínimamente libre de conflictos desgarradores del tejido social. (Merril, 2007)

De mambriz23

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s